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San Pedro Claver

Pedro Claver Corberó, conocido como el “esclavo de los esclavos”, nació en Verdú, España, el 25 de junio de 1580. Su infancia transcurrió ayudando a su padre en las labores del campo. Cuando apenas tenía 13 años, perdió a su madre y hermano. Años después partió a la capital del principado, Barcelona, para iniciar el curso de gramática. Terminado éste, en 1601 estudió filosofía en el colegio de Belén, es cuando oyó la voz de Dios que lo llamaba a la vida religiosa.
El 7 de agosto de 1602 entró al noviciado de los jesuitas en Tarragona y el 8 de agosto de 1604 profesó los votos para ingresar en la Compañía de Jesús, donde conoció a san Alfonso Rodríguez, portero del monasterio que alimentó su espíritu misional, fomentó sus ideales evangélicos y lo encaminó hacia América.

Un viaje esperado
En 1610 viajó a Cartagena de Indias (Colombia) y el 20 de marzo de 1616 se ordenó sacerdote en esta ciudad, a la que llegaban los barcos cargados de negros arrancados de las costas de África para venderlos como esclavos. Ahí, en medio del clima caluroso e insano, donde había más de 1.500 esclavos y los mosquitos y las enfermedades devoraban a los sanos, se enfrentó con hechos heroicos a la infame trata, vio claro el sentido de su sacerdocio y el 3 de abril de 1622, al pronunciar su profesión solemne, estampó junto a su firma la que sería la gran consigna de su vida: “Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre”.

 



Al servicio de los más necesitados
Claver vivía en un cuarto oscuro del colegio de la Compañía, «el peor de todos» según un intérprete, pero ubicado junto a la portería, lo que le permitía estar listo para el servicio a cualquier hora del día o de la noche. Para su ministerio de atención a los esclavos tenía la colaboración de varios intérpretes negros y, sobre todo, la ayuda del hermano Nicolás, quien durante 22 años fue su amigo, colaborador y confidente.


Tan pronto Pedro se informaba de la próxima llegada de un barco con esclavos, se echaba al hombro unas alforjas y se iba a las casas señoriales a pedir limosna, dinero, ropa, fruta y medicinas para sus pobres negros; con esta ayuda los recibía en su desembarco y les ofrecía consuelo, cuidados médicos y catequesis. En un local espacioso iniciaba su original enseñanza: ponía unos cuadros sobre un altar y les daba intuitivamente las nociones fundamentales de Trinidad, Encarnación, Muerte y Pasión, Resurrección, Juicio final, Gloria eterna.
Cubría con su manteo a los enfermos mientras les arreglaba el catre, con él les secaba el sudor. Cuenta un intérprete que hubo días en que fue necesario lavarlo siete veces. Aquel manteo, de color ya indefinido, que él vestía sin repugnancia alguna para envolver y cubrir a los miserables, era signo gráfico de su amor sin medida.
En su iglesia no había bancos para blancos y bancos para negros; de ahí que unas señoras muy devotas protestaran: “Los negros dan mal olor y se pierde la devoción. Sería mejor una capilla aparte para ellos”. Pedro Claver les contestó: “Mis negros están lavados con la sangre de Jesucristo y son hijos de Dios con los mismos títulos que lo sois vosotras. Y si las señoras quieren confesarse, han de hacer cola detrás de los esclavos”.


Dolorosa partida
En 1650 Claver contrajo una fiebre tan fuerte que lo paralizó durante cuatro años. Luego de una larga agonía, el 9 de septiembre de 1654 se marchó al paraíso. Los negros tomaron por asalto la casa y, entre sollozos, besaban las manos de su padre y apóstol. El “esclavo de los esclavos” había fallecido luego de servir 40 años a los miserables de su época. León XIII llegó a decir de él que era la vida que más le había impresionado después de la de Cristo.
Fue beatificado por Pío IX el 16 de julio de 1850 y canonizado por León XIII el 15 de junio de 1888. Se le considera patrón de Cartagena y protector de la población negra y de la servidumbre.